Migração de Abraão
Tomemos la primera página de un libro, La emigración de Abrahán. En ella comenta Filon aquellas palabras famosas: «El Señor dijo a Abrahán: Sal de tu tierra, de tu parentela, de la habitación de tu padre...» (Gn 12, 1).
La emigración de Abrahán § 1-6
Dios quiere purificar el alma humana. Empieza por darle un impulso hacia el camino de la perfecta salvación; es preciso que deje los tres terrenos, el del cuerpo, el de la sensación, el de la palabra expresada. Porque la tierra debe tomarse como símbolo del cuerpo, la parentela como símbolo de la sensación, la habitación del padre como símbolo de la palabra. ¿Por qué? Porque el cuerpo ha recibido su sustancia de la Tierra y llega además a disolverse en tierra. Tal es el testimonio de Moisés: «Eres tierra y en tierra te convertirás». Quiere decir que el cuerpo ha formado un conjunto de elementos gracias al gesto de Dios que modeló el polvo en forma de hombre; y es necesario que, una vez disuelto ese cuerpo, se diluya en los elementos que se reunieron. En cuanto a la Sensación, es ciertamente un pariente y hasta una hermana del pensamiento; juntas las dos, constituyen la pareja de lo irracional y de lo racional, y son las dos partes del alma, que es una. La Palabra es la habitación del padre, ya que, en primer lugar, nuestro espíritu es ciertamente nuestro padre: siembra en cada parte del alma las potencias salidas de él y distribuye sus funciones, aunque manteniendo con cuidado la tutela general de todas ellas; pero, por otra parte, la habitación donde reside, aparte de todas las demás de la casa, es precisamente la palabra. La residencia de un hombre es el hogar; la residencia del espíritu es la palabra. La vemos efectivamente establecerse en el discurso y ponerse allí a gusto y cómodamente, a él y a los razonamientos que engendra como si fueran hijos; está allí como en su habitación. No te extrañes de que Moisés le dé a la palabra del hombre el calificativo de «habitación del espíritu». ¿No dice acaso que el espíritu del universo, Dios, posee su propia palabra lo mismo que se posee una habitación? En efecto, cuando Jacob — el asceta — acaba de recibir la manifestación de esa palabra, reconoce inmediatamente: no es esto o aquello, es la habitación de Dios; lo cual quiere decir: la habitación de Dios no es una de esas realidades que se pueden describir o que caen bajo los sentidos; no, es invisible, imperceptible; sólo puede captarla el alma en cuanto alma. Bien, pero ¿qué puede ser esa habitación sino la Palabra, anterior a todos los seres que recibieron la existencia y el devenir, esa palabra de la que se apoderó el piloto del universo como de un timón para gobernar la navegación del todo? Cuando modelaba el mundo, hizo de ella un instrumento para asegurar la cohesión irreprochable de su obra.
¡He aquí en lo que se ha convertido aquella famosa salida de Abrahán!